Hecho historia, señora, hecho historia.
Un viejo chiste imaginaba un congreso de esqueletos en
Más allá de la crítica gastronómica al castrismo, el chiste habla sobre el desfase de los tiempos históricos. En este mismo momento los cubanos compartimos como presente lo que para otros resulta una vivencia de la historia. Para unos es músculo, para otros, memoria.
En el encuentro celebrado para dilucidar algunos capítulos de los sucesos de Girón, un Sr. llevó a Cuba unas cartas cruzadas entre Castro y Krushev. El archivo epistolar le servía para demostrar alguna cosa inconveniente para Castro y este, sin pensarlo dos veces, le corrigió: “Bueno, esas cartas son ciertas, pero después nosotros hablamos por teléfono y cambiamos de parecer.” Es difícil que haya discernimiento intelectual entre dos personas ubicadas en aceras opuestas: una en el observatorio de la historia, otra en la historia misma.
Este desfase, por cierto, hace de Cuba un museo participante. Una vitrina orgánica de la guerra fría que cronográficamente coincide con el tiempo en que muchos de los poderosos de hoy eran jóvenes hermosos, llenos de sueños y esperanzas. Lindos tiempos que reviven entre los viejos carros habaneros, en la música de “los viejitos”, en la fraseología socialista de la utopía paleoizquierdista. Miami, por cierto, ya es parte de la fiesta del tiempo.
Frente al Museo de Retrato y Pintura Norteamericana del complejo Smithsonian, se encuentra el Spy Museum. En una de las vitrinas de la tienda, como parte de la historia, se exhiben y venden réplicas de la simbología relativa a los servicios policiales y de propaganda de
El libro de Latell junto a gorritas con la estrella roja del deber. El libro sobre la espía castrista Ana Belén Montes junto a bigotitos engominados para imitar a Stalin. Antologías de los afiches de estos cuatro países donde el referido a Cuba, precisamente por ser el más occidentalizado, es el menos interesante. El llamado distanciamiento del “realismo socialista” en Cuba, por esas paradojas que tiene la vida y el mercado, funciona como una mercancía incompleta y falta de consecuencia. No por gusto Fidel Castro, cuando visitó a Korea del Norte, se sintió más a gusto con aquel socialismo que con el suyo propio. Banderitas y consignas dichas con aliento sinfónico, pizarras humanas con más definición que cualquier televisor de plasma: un país, una ciudad, una sola sonrisa.
El editorial del 28 de abril de The Washington Post decía algo vergonzoso: en las reformas aperturistas Cuba va incluso por detrás de Korea del Norte. Lo insólito ha sucedido: la “Idea Sushe” se mueve mientras el clamor de libertad por los cinco, la guerra contra la mafia de Miami y los congresos para denunciar la maldad del bloqueo imperialista permanecen intactos. Lo de los koreanos es serio (piensan en Washington). Tienenarmas nucleares y malas intenciones. Los otros son revoltosos, pero sabrosones y olvidadizos. Eso puede esperar.
EI.
Mayo-2008.