-Cuando usted quiera –me ofreció Micael señalando la campana de cristal.
-Aún no –respondí impaciente. Debía asegurarme de cumplir la segunda de las condiciones para que la suerte no me fuese adversa-. Espero a alguien.
En aquel momento Raquel apareció por la puerta del fondo. Estaba espléndida, vistiendo un elegante traje gris escotado y una pamela que ocultaba su frondosa melena rubia. Me sonrió desde lejos, y yo le devolví la sonrisa. Pronuncié en voz alta la fórmula acordada para consentir la entrada voluntaria y me senté en aquel sillón de cuero, dejando que las ataduras magnéticas se cerrasen sobre mi cintura, manos y pies. Raquel se acercaba ceremoniosamente, mostrando una belleza propia de una diosa, no dejando de sonreírme. En aquel momento en que mi puerta se cerraba herméticamente sentí que la amaba, y mi felicidad empezó a ser total. Tenía tantas ganas de reírme que, por intentar contenerme, no dejaba de proferir pequeños aulliditos nerviosos. Estaba ansioso por ver a mi presa, estaba ansioso por verle morir. Sentí un deseo apremiante de acariciarme, pero me contuve no sin cierta rabia. Miré de nuevo a Raquel, más encendido aún por el deseo. Las ganas de reír eran incontrolables. Ella se detuvo junto a su mesa y leyó la tarjeta con su nombre. Cruzó su mirada con la mía y yo asentí con la cabeza.
Pero entonces hizo algo que me desconcertó. Dejó atrás la mesa, sin dejar de sonreír, con paso firme, dirigiéndose hacia las escaleras del escenario. Sin saber qué ocurría, observé cómo Micael la saludaba con respeto, como el que saluda a un cliente, y decía algo por el micrófono. Ella tomaba el micrófono y también decía algo al público. Maldiciendo la idea de insonorizar aquellas cabinas, empecé a gritar para llamar la atención de Micael, mas éste me miró un tanto atónito y se encogió de hombros antes de dirigir a mi chica hacia la otra cabina. Ella se quitó la pamela dejando al descubierto un pelo rojo recién cortado a cacerola. Fue entonces cuando el embrujo que había ejercido sobre mí se deshizo y pude recordar por qué me había resultado tan familiar su rostro la primera vez que la vi. Se dejó atar, sin perder la compostura, sin dejar de mirarme con una sonrisa pérfida. Yo comencé a entender. Al cerrarse su puerta, ella me dijo algo. No pude oírla pero leí sus labios.
(estás sólo)
(no tienes compañía)
(ahora me recuerdas, ¿verdad?)
Mi erección se había convertido en triste flacidez, y ya no tenía ganas de reír. Micael, ignorando mis gritos, lanzó una moneda al aire, la recogió y señaló hacia mí. Raquel, la chica de gris, sonreía con estudiada perversión en la urna de enfrente. Pensé con agonía en alguna forma de coger el mando que descansaba en mi bolsillo, mientras un hombre mayor de aspecto árabe hacía ejercer su derecho al primer turno, previamente comprado a alto precio, y pulsaba el botón que hacía girar mi ruleta de botes. Cuando ésta se detuvo, un bote desapareció por la ranura que yo mismo había diseñado e inmediatamente un gas fue vaporizado en la diminuta estancia. Confiaba en mi suerte, pero aquel olor a almendras amargas era más fuerte que todo mi aplomo. Todos olían a malditas almendras amargas, joder. Agaché la cabeza con ingenuidad, recordando que el cianuro de hidrógeno es menos denso que el aire y pronto ascendería hacia arriba. Entonces alcé la mirada para ver a Raquel. Ella ya no sonreía. Observaba mi agonía con la solemnidad de un tribunal inquisidor.
Aquel era día de cobro.