Sobre vuestros comentarios en el post anterior... ¡que no es de miedo!
Allá va la primera parte. Las preguntas las responderé al final.
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EL MACABRO JUEGO DE SAL BEINIT
Manuel Amaro Parrado
Hace años tuve un rollete con una chica que se enamoró de mí a las primeras de cambio. Después de un coito breve pero intenso en la cama de sus padres yo intentaba dormir mientras ella me atosigaba con bobadas y sonrisas melosas. Tal vez no debí decirle nunca que la quería. Algunas mujeres no acaban de comprender que existe un sutil velo entre el amor y el deseo, y que los hombres como yo a veces lo descorremos sin querer. Ella repetía incesantemente que me amaba mientras me besaba la mejilla y la frente. Me estaba poniendo nervioso, por un lado quería dormir y no escucharla, mientras que por otro me daba un poco de asco. Apagada la llama de la pasión, ya no veía en ella siquiera un punto de atractivo. -No te enamores de mí –le dije, incorporándome a mi pesar. Decidí que, ya que me había despabilado, lo mejor sería vestirme y largarme de allí-. No soy un buen hombre. -Claro que eres bueno –insistió ella con la mejor de sus sonrisas-. Todos los hombres buenos tienden a decir que no lo son. Odio las teorías. Y más las teorías sobre hombres. Parece que cada cual tiene una teoría que se ajusta a lo que más le interesa a su estado de ánimo. -Te equivocas –insistí sin mirarla a la cara-. Apenas me conoces, no tienes argumentos. -Claro que los tengo –ella me rodeo con sus brazos y se situó a escasos centímetros de mi cara-. Tus ojos te delatan. Los buenos hombres tienen buenos sueños por cumplir. Otra frase rebuscada de película. Recordé con cierta agonía que el tabaco estaría en la chaqueta, y que ésta se encontraría tirada en algún lugar del salón. -Mira guapa, ¿sabes cuál es el mayor de mis sueños por cumplir? -habitualmente no suelo contar mis pequeños secretos a la gente, pero en un súbito arranque de sinceridad decidí abrirle los ojos a aquella chica. Ella negó con la cabeza mientras dejaba de sonreír por primera vez en toda la noche, tal vez intimidada por mi tono de voz-. Me gustaría ver morir a una persona. Desde muy cerca. Sentir cómo se le escapa la vida. Mirarla a los ojos mientras muere –Y entonces fui yo el que sonreí-. ¿Crees aún que soy una buena persona? No volví a verla, y de ahí que llegará a arrepentirme: no es fácil encontrar una tía que, con tal de complacerte, esté dispuesta a hacer de todo en la cama. Ya no soy tan bobo con las mujeres. Ahora les digo palabras bonitas, las exprimo hasta los huesos y desaparezco de sus vidas sin sutilezas cuando me aburro de ellas. Pero siempre recordaré a aquella chica porque fue quien hizo que mi mayor perversión viese la luz. Hasta entonces se me había pasado por la cabeza la idea de ver morir a alguien, mas nunca me había detenido a saborearla, a sentirla, a planearla. Aquella noche, en el trayecto de su casa a la mía, tuve que meterme dentro de un portal oscuro y masturbarme pensando en unos ojos moribundos que miran mi sonrisa con incredulidad. Desde entonces, siempre que hago el amor cierro los ojos e imagino que la chica está muriendo, y tengo que hacer verdaderos esfuerzos para no apretar con fuerza su garganta y estrangularla. Odio este maldito país, odio las leyes. No me parece justo que un honrado contribuyente como yo no pueda cumplir sus más profundos deseos, no se pueda realizar como persona, no pueda cometer un pequeño delito sin ser condenado a pasar media vida en prisión. Si estuviese seguro de que nadie lo iba a saber lo haría de inmediato, pero nunca estoy seguro. O al menos no lo estuve hasta el día en que se presentó en mi casa la pareja de gris.
-El señor Faisal Beinit, supongo –dijo el hombre.
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(continuará...)
Ya habéis visto. Es una pieza el Sr. Beinit
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