Por más oropeles y galas repletas de humor trasnochado que se gaste la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, la realidad se impone: el cine español lleva muchos años de mal en peor, pero últimamente parece que le vemos las costuras más que nunca. El problema, sin embargo, no es ése, sino que sus carencias son crónicas porque la cinematografía patria se ha convertido en una serie de compartimentos estancos que no comparten ni información ni experiencia, que viven aisladas ignorándose mutuamente y despreciando (unas veces en petit comité, otras veces cara al público) las opiniones de los demás.
En ese sentido, es interesante contrastar opiniones tan contrapuestas como la firmada por Román Gubern en El País, la lanzada por Álex de la Iglesia en su blog o la muy clarividente escrita a cuatro manos por Manuel Ortega y José David Cáceres en Miradas de Cine. ¿Por qué están estos análisis de la situación del cine español tan alejados unos de otros? Porque, voluntariamente, hace años que profesionales del cine, periodistas y críticos se dieron la espalda. Y esa mala relación se intenta arreglar con paños calientes (en forma del peloterismo y el servilismo de algunos medios de comunicación) que evitan dañar el ego de todas las partes, en lugar de comprender de una vez por todas que la convivencia, y es más, la colaboración de los diversos estamentos de la industria, son esenciales para que ésta evolucione y progrese.
Pero, reconozcámoslo, lanzar estas palabras puede ser tan inútil como predicar en el desierto. Es más fácil ofenderse por las críticas negativas o los comentarios irónicos, y cerrarse en banda en posturas inmovilistas e infantiloides, en lugar de reflexionar en la razón que pueden contener las palabras de la parte contraria. Así es, amigos lectores, el mundo en el que vivimos.
Actualización: En El País ha aparecido un artículo de Icíar Bollaín en el mismo sentido que el de De la Iglesia.
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